Así como los discursos políticos
se arraigan buscando una soberanía, bien desde la religión o bien desde la
naturaleza, los actores políticos y
sociales, que manejan los recursos tanto humanos como económicos dentro del
sistema socio-cultural actual, se valen de diversos modos para el control y el mantenimiento
del que se puede decir es un lugar privilegiado que les confiere el poder,
entre ellos los medios de comunicación.
La jerarquía de control que se ha
impuesto en la actualidad viene conformándose a lo largo del tiempo por tradiciones
pre y post modernas que combinan tanto la corriente religiosa de proveniencia
divina del poder como la corriente de los “derechos naturales”. Es decir, la
esfera política y social, sus acciones y limitaciones, se están valiendo de los
medios que puede abarcar el hombre para sostener una esperanza. Se están
adueñando de la creación del hombre.
Como se vio en “La nueva
Visibilidad” de John Thompson[1]
, el crecimiento paulatino de lo público por medio del desarrollo tecnológico, técnico
y cultural de los medios de comunicación y la sociedad, amplió la forma de
trasmisión de la información y la forma en que ésta adquiría relevancia. Poco a
poco, los entes dominantes que imperaban en las esferas públicas, que además de
los actores y entidades públicas comenzaron también a ser las entidades
privadas, fueron adaptando discursos enraizados con valores y fines (la
Felicidad, la Prosperidad, el Bienestar… etc. Casi que cualquier sustantivo bonito)
que pretendían la salvación por medio de un héroe, bien fuera un líder o un producto.
Hay que decir, que
lastimosamente, tanto “La Historia de las Cosas” de Annie Leonard, como el capítulo
de la pasión del poder de José Marina[2]
no exponen muy concretamente el papel que los medios de comunicación tienen
dentro de ese cambio cultural tan vertiginoso en el que ha caído la sociedad “occidental”
y la “tercer-mundista”, ni tampoco, el poder que ha adquirido a través del
tiempo, pero sí sientan unas bases interesantes para el análisis que prosigue a
continuación.
Además de haber una marcada
tendencia a la “productividad”, concepto que es producto de un razonamiento
utilitarista, hay una necesidad social, casi ciega, de credibilidad y es esa la
que los medios de comunicación son capaces de configurar. Pero lo hacen no solamente
mostrando ciertos aspectos determinados (como puede ser en elecciones el debate
de los candidatos presidenciales más conocidos, y de partidos políticos
tradicionales), sino también decidiendo la forma, el momento en que se muestra
y lo que no se muestra.
Porque después de que se amplió
el espacio de la visibilidad pública, los vacíos o silencios mediáticos pueden
llegar a ser interpretados casi como mal augurio. Lo que da carta abierta a las
especulaciones de todo tipo y al crecimiento de una ansiedad colectiva por ver
u oír algo que le suene creíble para poder continuar en sus labores cotidianas.
Marina expone una parte de la
cara oscura del poder político y su ejercicio muy interesante, que fue
planteada por Aristóteles. Las formas de
control que ejerce la tiranía. El envilecer el alma de sus súbditos, el sembrar
entre ellos la desconfianza y el empobrecer a sus súbditos
Más, estos conceptos son identificables
con el hoy en día. Claro, con unas variaciones sutiles, que lo único que han
hecho, a la larga, es anchar un poco el espacio tiránico para que quepan en él
no sólo los líderes sagrados, sino también, los grandes imperios comerciales,
entre otros.
Pero vale aclarar en este último
punto, que esa amplitud del espacio es aparente, porque, aunque el poder se
haya diversificado y no haya una cara determinada para poner al mando, los
intereses particulares bajo el nombre de “occidentales” parecen ser los dueños
de la jerarquía del poder; es decir, los amos del mundo.
El envilecer el alma de sus
súbditos:
Más que ser pusilánime, es ser
desinteresado. Es claro, que un hombre atareado con sus quehaceres diarios,
sobre-informado con sus intereses afines de entretenimiento en farándula o
deporte, amedrentado por la dificultad de las decisiones en un mundo tan
cambiante y esperanzado en su posibilidad de obtener placeres, como viajes y
adquisición de bienes y asociaciones interpersonales, es una persona que no
conspira porque no le interesa. En realidad, no tiene el ánimo en lo absoluto
de inmiscuirse en el camino de nadie, porque desconoce e ignora dicho camino.
El sembrar desconfianza entre
ellos:
¿Qué mejor que poner en
competencia continua a los pares para que a pesar de que no lleguen a hacer
nada individualmente, no puedan ni quieran unirse? Con un ambiente como el
actual, donde la obsolescencia es cada vez más común, tanto en objetos como en
hombres, la adquisición tanto de bienes como de poder, para sentirse más
trascendente, más importante, se ha consolidado como la única idea de la Felicidad
de la vida.
Lo paradójico de este asunto es
que si bien la gente se deja tratar con esa concepción masiva, que decide qué
está bien y cuál es el fin último al que debe llegar (casa, carro, beca… tener,
tener, tener, mostrar, botar, comprar y tener de nuevo), también, como se ve en
su miedo y su posterior desinterés, se sabe incrédula, incapaz, completamente
mínima. Así que, aquellos que tienen habilidades superiores y han sido aún más
competitivos y han logrado aún más esa felicidad ejemplar, son más que ellos,
más que cualquiera que no posea más, porque ello diría que el segundo posee aún
más cualidades.
El empobrecer a los súbditos:
Y he aquí que todo parece
concadenado. El individuo tiene miedo, no quiere ni le importa saber nada que
le implique decidir o pensar, se ve a sí mismo capaz de ser competitivo y
ganarle a su igual, pero incapaz ante los que tienen más que él; y si eso no lo
hace lo suficientemente pobre, pues, que gire la pueda de la pobreza no sólo emocional,
personal y espiritual, sino la más fáctica y la que más duele por la presión
psicológica de la sociedad occidentalizada, la económica.
Los que lo logran llegan como
pueden al ideal de gastar, gastar, consumir, botar, comprar y gastar. Y los
otros, entre conflictos sociales internos, armados o de violencia cultural,
entre monopolización de los recursos, entre exportación de las materias primas,
entre el detrimento de suelos y recursos vitales (como agua y comida), entre
problemáticas de guerra y problemáticas de intereses nacionales y particulares,
tienen que agarrarse de donde puedan para poder al menos vivir con algo de
dignidad y lo que es peor, sufrir el rechazo de no poder gastar como deberían
hacerlo; y a veces, sacrificar lo primero con tal de matizar lo segundo.
En el caso de Colombia, los desplazados, los
violentados, los abandonados y todo el paisaje “folclórico” que ahora hace
parte del cemento, vienen a ser poco o nada porque no contribuyen a la Flecha,
y como son poco o nada pues en ningún lugar les atienden sus inquietudes y
necesidades a menos que sea “por caridad” (otro sentimiento, que absurdamente,
se ha puesto al servicio de la necesidad de sentirse importante). Y lo particular, es que eso no se dice, o si se
dice, se hace de la forma más aburrida y casi que incomprensible (hasta para
los mismos periodistas) para que el impacto no sea tan grande ni llegue a mucha
gente. Como dicen por ahí “un muerto es una tragedia; 100, son cifra.”
La persona, asustada, pero
despreocupada; confiada, pero insegura; capaz, pero subyugada; rica, pero pobre;
completamente compulsiva y animada es un
producto más de esa cadena que produce dinero a algunos.
Sí, el comprador es la pieza
fundamental de esa empresa y es fabricado por los medios de comunicación, por
los productos, por todo. Porque no importa el costo que pague el planeta, u
otros humanos, el producto-hombre es
lo que mantiene toda la riqueza del sistema.
El afán de poder no tiene límites…
el afán de controlar y de seguir creando personas controlables no tiene límite
en las mentes perversas de los que manejas las marionetas, pero el planeta si
lo tiene.
El civil, el ser humano, la
persona que nació como pedazo del Sistema, que no cuenta si no contribuye a la
Flecha Dorada, se expone frente a una cantidad de información sobre terribles
acontecimientos que lo llenan de terror, e incluso de inseguridad en si mismo.
Al punto tal, que viéndose acorralado por tantos campos de acción sin resolver,
tantos vacíos sociales, decide que lo que más puede hacer es el quehacer de su
propia vida, buscar realizarse, “ser alguien en la vida”.
Cuando el civil corre de las
situaciones agobiantes se da cuenta de que si engrandece su propio rededor, el
ruido de sus actividades silencia los problemas de las de los demás. Allí, se
crean dos vertientes. Los que no logran desprenderse del todo y buscan
continuamente fuentes de seguridad y los que lo logran al punto tan de
segregarse del devenir de su comunidad.
Los primeros, son los que más
consumen información en búsqueda de algo confiable en quien despojarse de sus
preocupaciones. Y los segundos son los que confían en que alguien más,
cualquiera, se encargará de los problemas. Es decir, es tan difícil corregir el
mundo, que en vez de unirse a cambiarlo, las personas delegan todas las
actividades en algunos que prometen hacerlo por ellos, pero que están más
hambrientos por su propia individualidad. Delegan su capacidad de decisión, su
capacidad de acción; es decir, se amoldan a la masa que habrá de controlar el
héroe.
Y lo que es peor, nuevamente
gracias a un manejo determinado de los medios de comunicación, es los
individuos se han ido creyendo el cuento de que no solamente es difícil actuar,
sino que también lo es pensar; entonces, incluso su criterio y sus decisiones
personales se las delegan a otros y esos otros son principalmente los medios de
comunicación. Como las personas no participan en el espacio de debate público,
porque las problemáticas son muy agobiantes, desconocen la existencia de
problemas y fenómenos que van emergiendo, hasta el punto en que cuando le
hablan directamente de eso, se siente desorientado porque está desconectado de
todo. Así, ante el ridículo y el miedo a la exposición directa, se suma a la
opinión de tal o cual medio, porque, además de que es fácil de acceder a ella, cree
que ésta “debe” estar sustentada en aquellos que si saben por que sí vigilan “la
verdad”.
El problema está no sólo en que
se convence muy fácil de lo que es correcto o lo que no, sino en que no tiene
forma de saber si aquellos que cree que saben, porque están pendientes, lo
hacen o no.
Por otra parte, como aquel que
está en el poder, tiene más capacidades que él, porque tiene o más cosas o más
poder… o ambas, la persona se afianza en una especie de endiosamiento del líder,
donde le achaca la suerte del líder a algo místico y no a la persuasión tan
agresiva a la que como él han sido expuestos todos los que lo eligieron
consciente y activamente, o no.
Porque en el resaltar continuo de
la gran capacidad que tal o cual tiene para premiar o castigar y la autoridad
con la que habla, reside y se expande por los medios de comunicación que son
quienes escogen los momentos que han de ser mostrados y los que no.
Un ejemplo de ello es que durante
la confrontación diplomática entre Hugo Chávez y Álvaro Uribe los mismos hechos adquirían visibilidades y
sentidos distintos en los medios de comunicación en cada país. Para Colombia,
Chávez, pasó a ser el diablo; y para la Venezuela de Chávez, Uribe, el oligarca.
Sin importar quién tenía razón en qué, lo importante a resaltar es que los
contenidos polarizaron a las poblaciones al punto tal en que había una
consciencia colectiva de amenaza permanente que por poco justifica una guerra (como
después lo confesó Uribe). Y para
explorar un poco eso, cabe decir que ¿no se supone que no se puede juzgar a una
persona que no se conoce? ¿Cuántos conocen a Chávez o Uribe personalmente? ¿Entonces?...
¡Fácil! Lo que conocen no son las personas sino las imágenes que ellos han
proyectado y desacreditado entre sí, dependiendo el bando. En resumen, las
personas no tienen ni idea de cada uno más allá de lo que en los medios se ha
mostrado de ellos. Su creencia es la que los medios de comunicación han creado,
por no darle más herramientas que la exposición continua e indefensa.
Y en todo momento actúan los
medios de comunicación, que si están a favor de determinados intereses, bien
sean políticos, económico o sentimentales,
extienden esa cortina de humo por
lo público, que no sólo busca tamizar cierta realidad, sino que también otorga
una especie de religiosidad a todo el sistema. Crían al hombre-masa para
formarlo en hombre-producto.
Es claro que una manipulación de
estas tres características tiene una empresa motora de capital y poder que se
alimenta de la ambición de muchas personas. La corrupción no es sólo de
políticos y millonarios, hasta militares, periodistas, economistas, secretarios
etc… han sido seducidos por el canto de sirena del poder prometido, el que los
pone a trabajar por algo que nunca será de ellos. Pero más grave aún es que
todo esto es posible al sueño profundo en que la rutina nos converge.
Porque la sociedad de la
producción y el utilitarismo ha creado una máquina mundial de consumo y
producción que logra, además de degradar la cultura al punto de asimilar eso
como un hábito, distraer lo que naturalmente es público en un afán prefabricado
por el consumo y por preocupaciones creadas. La sociedad se ha tornado en la
fábrica de compradores con vida útil y finita.
¿Y qué hacer? Como personas, despertar. Establecer que la felicidad es
única para cada individuo y debe estar en armonía con la libertad y la
autonomía. Hacer, con consciencia ¿Quién debe concretar cuál y cómo se alcanza
ese fin último, sino es cada uno con criterio? El problema no es que haya
muchas voces, el problema es que no se escuchan y no se debaten, no se
concilian. El problema es que nos acostumbramos a postergar, aplazar, minimizar
y delegar las discusiones, como si ellas fueran un mal para las cabezas y no la
forma de aprender mutuamente y llegar a soluciones.
Como periodistas, ser buenas
personas. Pensar en la naturaleza de la profesión, es decir el bien común.
Porque si la masa no sabe lo que piensa, lo que desea o lo que debe hacer,
necesita un profeta que le revele la verdad de los designios de Dios y los
arcanos del futuro. Es decir, nosotros también, además de ser individuos, somos
prefabricados como maquinitas de macro-producción cultural. Estamos envenenándonos
solitos. Morfina y formol en la cama de todos.
Trabajos citados
Marina, J. A. (2008). “El poder político”. En J. A.
Marina, Marina, José Antonio. “El poder político”. EnLa pasión del poder:
Teoría y práctica de la dominación (págs. 185-208.). Barcelona: Anagrama.
Thompson, J. (2005). La
nueva visibilidad. University of Cambridge, Papers 78, 11-29.