miércoles, 22 de agosto de 2012

La actuación de los medios y los periodistas en la sociedad contemporánea.


Así como los discursos políticos se arraigan buscando una soberanía, bien desde la religión o bien desde la naturaleza,  los actores políticos y sociales, que manejan los recursos tanto humanos como económicos dentro del sistema socio-cultural actual, se valen de diversos modos para el control y el mantenimiento del que se puede decir es un lugar privilegiado que les confiere el poder, entre ellos los medios de comunicación.
La jerarquía de control que se ha impuesto en la actualidad viene conformándose a lo largo del tiempo por tradiciones pre y post modernas que combinan tanto la corriente religiosa de proveniencia divina del poder como la corriente de los “derechos naturales”. Es decir, la esfera política y social, sus acciones y limitaciones, se están valiendo de los medios que puede abarcar el hombre para sostener una esperanza. Se están adueñando de la creación  del hombre.
Como se vio en “La nueva Visibilidad” de John Thompson[1] , el crecimiento paulatino de lo público por medio del desarrollo tecnológico, técnico y cultural de los medios de comunicación y la sociedad, amplió la forma de trasmisión de la información y la forma en que ésta adquiría relevancia. Poco a poco, los entes dominantes que imperaban en las esferas públicas, que además de los actores y entidades públicas comenzaron también a ser las entidades privadas, fueron adaptando discursos enraizados con valores y fines (la Felicidad, la Prosperidad, el Bienestar… etc. Casi que cualquier sustantivo bonito) que pretendían la salvación por medio de un héroe, bien fuera un líder o un producto.
Hay que decir, que lastimosamente, tanto “La Historia de las Cosas” de Annie Leonard, como el capítulo de la pasión del poder de José Marina[2] no exponen muy concretamente el papel que los medios de comunicación tienen dentro de ese cambio cultural tan vertiginoso en el que ha caído la sociedad “occidental” y la “tercer-mundista”, ni tampoco, el poder que ha adquirido a través del tiempo, pero sí sientan unas bases interesantes para el análisis que prosigue a continuación.
Además de haber una marcada tendencia a la “productividad”, concepto que es producto de un razonamiento utilitarista, hay una necesidad social, casi ciega, de credibilidad y es esa la que los medios de comunicación son capaces de configurar. Pero lo hacen no solamente mostrando ciertos aspectos determinados (como puede ser en elecciones el debate de los candidatos presidenciales más conocidos, y de partidos políticos tradicionales), sino también decidiendo la forma, el momento en que se muestra y lo que no se muestra.
Porque después de que se amplió el espacio de la visibilidad pública, los vacíos o silencios mediáticos pueden llegar a ser interpretados casi como mal augurio. Lo que da carta abierta a las especulaciones de todo tipo y al crecimiento de una ansiedad colectiva por ver u oír algo que le suene creíble para poder continuar en sus labores cotidianas.
Marina expone una parte de la cara oscura del poder político y su ejercicio muy interesante, que fue planteada por Aristóteles.  Las formas de control que ejerce la tiranía. El envilecer el alma de sus súbditos, el sembrar entre ellos la desconfianza y el empobrecer a sus súbditos
Más, estos conceptos son identificables con el hoy en día. Claro, con unas variaciones sutiles, que lo único que han hecho, a la larga, es anchar un poco el espacio tiránico para que quepan en él no sólo los líderes sagrados, sino también, los grandes imperios comerciales, entre otros.
Pero vale aclarar en este último punto, que esa amplitud del espacio es aparente, porque, aunque el poder se haya diversificado y no haya una cara determinada para poner al mando, los intereses particulares bajo el nombre de “occidentales” parecen ser los dueños de la jerarquía del poder; es decir, los amos del mundo.
El envilecer el alma de sus súbditos:
Más que ser pusilánime, es ser desinteresado. Es claro, que un hombre atareado con sus quehaceres diarios, sobre-informado con sus intereses afines de entretenimiento en farándula o deporte, amedrentado por la dificultad de las decisiones en un mundo tan cambiante y esperanzado en su posibilidad de obtener placeres, como viajes y adquisición de bienes y asociaciones interpersonales, es una persona que no conspira porque no le interesa. En realidad, no tiene el ánimo en lo absoluto de inmiscuirse en el camino de nadie, porque desconoce e ignora dicho camino.
El sembrar desconfianza entre ellos:
¿Qué mejor que poner en competencia continua a los pares para que a pesar de que no lleguen a hacer nada individualmente, no puedan ni quieran unirse? Con un ambiente como el actual, donde la obsolescencia es cada vez más común, tanto en objetos como en hombres, la adquisición tanto de bienes como de poder, para sentirse más trascendente, más importante, se ha consolidado como la única idea de la Felicidad de la vida.
Lo paradójico de este asunto es que si bien la gente se deja tratar con esa concepción masiva, que decide qué está bien y cuál es el fin último al que debe llegar (casa, carro, beca… tener, tener, tener, mostrar, botar, comprar y tener de nuevo), también, como se ve en su miedo y su posterior desinterés, se sabe incrédula, incapaz, completamente mínima. Así que, aquellos que tienen habilidades superiores y han sido aún más competitivos y han logrado aún más esa felicidad ejemplar, son más que ellos, más que cualquiera que no posea más, porque ello diría que el segundo posee aún más cualidades.
El empobrecer a los súbditos:
 Y he aquí que todo parece concadenado. El individuo tiene miedo, no quiere ni le importa saber nada que le implique decidir o pensar, se ve a sí mismo capaz de ser competitivo y ganarle a su igual, pero incapaz ante los que tienen más que él; y si eso no lo hace lo suficientemente pobre, pues, que gire la pueda de la pobreza no sólo emocional, personal y espiritual, sino la más fáctica y la que más duele por la presión psicológica de la sociedad occidentalizada, la económica.
Los que lo logran llegan como pueden al ideal de gastar, gastar, consumir, botar, comprar y gastar. Y los otros, entre conflictos sociales internos, armados o de violencia cultural, entre monopolización de los recursos, entre exportación de las materias primas, entre el detrimento de suelos y recursos vitales (como agua y comida), entre problemáticas de guerra y problemáticas de intereses nacionales y particulares, tienen que agarrarse de donde puedan para poder al menos vivir con algo de dignidad y lo que es peor, sufrir el rechazo de no poder gastar como deberían hacerlo; y a veces, sacrificar lo primero con tal de matizar lo segundo.
 En el caso de Colombia, los desplazados, los violentados, los abandonados y todo el paisaje “folclórico” que ahora hace parte del cemento, vienen a ser poco o nada porque no contribuyen a la Flecha, y como son poco o nada pues en ningún lugar les atienden sus inquietudes y necesidades a menos que sea “por caridad” (otro sentimiento, que absurdamente, se ha puesto al servicio de la necesidad de sentirse importante). Y  lo particular, es que eso no se dice, o si se dice, se hace de la forma más aburrida y casi que incomprensible (hasta para los mismos periodistas) para que el impacto no sea tan grande ni llegue a mucha gente. Como dicen por ahí “un muerto es una tragedia; 100, son cifra.”
La persona, asustada, pero despreocupada; confiada, pero insegura; capaz, pero subyugada; rica, pero pobre; completamente compulsiva y animada es un producto más de esa cadena que produce dinero a algunos.
Sí, el comprador es la pieza fundamental de esa empresa y es fabricado por los medios de comunicación, por los productos, por todo. Porque no importa el costo que pague el planeta, u otros humanos, el producto-hombre es lo que mantiene toda la riqueza del sistema.
El afán de poder no tiene límites… el afán de controlar y de seguir creando personas controlables no tiene límite en las mentes perversas de los que manejas las marionetas, pero el planeta si lo tiene.
El civil, el ser humano, la persona que nació como pedazo del Sistema, que no cuenta si no contribuye a la Flecha Dorada, se expone frente a una cantidad de información sobre terribles acontecimientos que lo llenan de terror, e incluso de inseguridad en si mismo. Al punto tal, que viéndose acorralado por tantos campos de acción sin resolver, tantos vacíos sociales, decide que lo que más puede hacer es el quehacer de su propia vida, buscar realizarse, “ser alguien en la vida”.
Cuando el civil corre de las situaciones agobiantes se da cuenta de que si engrandece su propio rededor, el ruido de sus actividades silencia los problemas de las de los demás. Allí, se crean dos vertientes. Los que no logran desprenderse del todo y buscan continuamente fuentes de seguridad y los que lo logran al punto tan de segregarse del devenir de su comunidad.
Los primeros, son los que más consumen información en búsqueda de algo confiable en quien despojarse de sus preocupaciones. Y los segundos son los que confían en que alguien más, cualquiera, se encargará de los problemas. Es decir, es tan difícil corregir el mundo, que en vez de unirse a cambiarlo, las personas delegan todas las actividades en algunos que prometen hacerlo por ellos, pero que están más hambrientos por su propia individualidad. Delegan su capacidad de decisión, su capacidad de acción; es decir, se amoldan a la masa que habrá de controlar el héroe.
Y lo que es peor, nuevamente gracias a un manejo determinado de los medios de comunicación, es los individuos se han ido creyendo el cuento de que no solamente es difícil actuar, sino que  también lo es pensar;  entonces, incluso su criterio y sus decisiones personales se las delegan a otros y esos otros son principalmente los medios de comunicación. Como las personas no participan en el espacio de debate público, porque las problemáticas son muy agobiantes, desconocen la existencia de problemas y fenómenos que van emergiendo, hasta el punto en que cuando le hablan directamente de eso, se siente desorientado porque está desconectado de todo. Así, ante el ridículo y el miedo a la exposición directa, se suma a la opinión de tal o cual medio, porque, además de que es fácil de acceder a ella, cree que ésta “debe” estar sustentada en aquellos que si saben por que sí vigilan “la verdad”.
El problema está no sólo en que se convence muy fácil de lo que es correcto o lo que no, sino en que no tiene forma de saber si aquellos que cree que saben, porque están pendientes, lo hacen o no.  
Por otra parte, como aquel que está en el poder, tiene más capacidades que él, porque tiene o más cosas o más poder… o ambas, la persona se afianza en una especie de endiosamiento del líder, donde le achaca la suerte del líder a algo místico y no a la persuasión tan agresiva a la que como él han sido expuestos todos los que lo eligieron consciente y activamente, o no.
Porque en el resaltar continuo de la gran capacidad que tal o cual tiene para premiar o castigar y la autoridad con la que habla, reside y se expande por los medios de comunicación que son quienes escogen los momentos que han de ser mostrados y los que no.
Un ejemplo de ello es que durante la confrontación diplomática entre Hugo Chávez y Álvaro Uribe  los mismos hechos adquirían visibilidades y sentidos distintos en los medios de comunicación en cada país. Para Colombia, Chávez, pasó a ser el diablo; y para la Venezuela de Chávez, Uribe, el oligarca. Sin importar quién tenía razón en qué, lo importante a resaltar es que los contenidos polarizaron a las poblaciones al punto tal en que había una consciencia colectiva de amenaza permanente que por poco justifica una guerra (como después lo confesó Uribe).  Y para explorar un poco eso, cabe decir que ¿no se supone que no se puede juzgar a una persona que no se conoce? ¿Cuántos conocen a Chávez o Uribe personalmente? ¿Entonces?... ¡Fácil! Lo que conocen no son las personas sino las imágenes que ellos han proyectado y desacreditado entre sí, dependiendo el bando. En resumen, las personas no tienen ni idea de cada uno más allá de lo que en los medios se ha mostrado de ellos. Su creencia es la que los medios de comunicación han creado, por no darle más herramientas que la exposición continua e indefensa.
Y en todo momento actúan los medios de comunicación, que si están a favor de determinados intereses, bien sean políticos, económico o sentimentales,  extienden esa cortina de humo  por lo público, que no sólo busca tamizar cierta realidad, sino que también otorga una especie de religiosidad a todo el sistema. Crían al hombre-masa para formarlo en hombre-producto.  
Es claro que una manipulación de estas tres características tiene una empresa motora de capital y poder que se alimenta de la ambición de muchas personas. La corrupción no es sólo de políticos y millonarios, hasta militares, periodistas, economistas, secretarios etc… han sido seducidos por el canto de sirena del poder prometido, el que los pone a trabajar por algo que nunca será de ellos. Pero más grave aún es que todo esto es posible al sueño profundo en que la rutina nos converge.
Porque la sociedad de la producción y el utilitarismo ha creado una máquina mundial de consumo y producción que logra, además de degradar la cultura al punto de asimilar eso como un hábito, distraer lo que naturalmente es público en un afán prefabricado por el consumo y por preocupaciones creadas. La sociedad se ha tornado en la fábrica de compradores con vida útil y finita.
¿Y qué hacer? Como personas,  despertar. Establecer que la felicidad es única para cada individuo y debe estar en armonía con la libertad y la autonomía. Hacer, con consciencia ¿Quién debe concretar cuál y cómo se alcanza ese fin último, sino es cada uno con criterio? El problema no es que haya muchas voces, el problema es que no se escuchan y no se debaten, no se concilian. El problema es que nos acostumbramos a postergar, aplazar, minimizar y delegar las discusiones, como si ellas fueran un mal para las cabezas y no la forma de aprender mutuamente y llegar a soluciones.
Como periodistas, ser buenas personas. Pensar en la naturaleza de la profesión, es decir el bien común. Porque si la masa no sabe lo que piensa, lo que desea o lo que debe hacer, necesita un profeta que le revele la verdad de los designios de Dios y los arcanos del futuro. Es decir, nosotros también, además de ser individuos, somos prefabricados como maquinitas de macro-producción cultural. Estamos envenenándonos solitos. Morfina y formol en la cama de todos.

Trabajos citados

Marina, J. A. (2008). “El poder político”. En J. A. Marina, Marina, José Antonio. “El poder político”. EnLa pasión del poder: Teoría y práctica de la dominación (págs. 185-208.). Barcelona: Anagrama.
Thompson, J. (2005). La nueva visibilidad. University of Cambridge, Papers 78, 11-29.



[1] (Thompson, 2005)
[2] (Marina, 2008)